miércoles, 31 de diciembre de 2008

FELIZ 2009

Queridos amigos, os deseo
FELIZ 2009

martes, 30 de diciembre de 2008

Jano Bifronte y las Calendas de enero


Después de unos días en Madrid, donde hemos visitado exposiciones varias y disfrutado del musical "Sweeney Tood" en el Teatro Español (¡qué grande Vicky Peña en el papel de Mrs. Lovett!), estos silenos vuelven a danzar al ritmo acostumbrado. Hoy os dejo un artículo que publiqué hace un año en La Voz de Cádiz (véase el enlace a la izquierda) sobre ese gozne mágico que cierra el año viejo y abre a la vez el nuevo.

Jano Bifronte y las Calendas de enero

Al principiar el año rendimos culto, sin saberlo, a Jano Bifronte, el dios romano del tránsito y los inicios. Situado en el inexistente límite entre el pasado y el porvenir, Jano ejercía sus dominios sobre los comienzos, pues a él se consagraban la mañana, el día primero del mes, el mes primero del año y del siglo. Al decir del poeta Ovidio, en las calendas de enero (jornada que también entonces transcurría jalonada de felicitaciones y parabienes) los romanos acometían sus quehaceres cotidianos con inusitada actividad, como forma de granjearse desde el principio los auspicios del dios. De ahí que los ecos de su nombre hayan pervivido en el primer mes del calendario: enero, January, janeiro, etc. En la Roma primitiva, tan pragmática como religiosa, todo negocio o empresa incipiente se sometía a su voluntad, y como patrón de las acciones humanas (o deus agonius, del verbo latino agere, “hacer”), el 9 de enero los romanos le ofrendaban el sacrificio de un carnero. Poco después, los días 11 y 15, acontecía la fiesta sagrada en honor de la ninfa Carmenta, diosa de los partos, a cuya imagen se asociaba Jano como deidad del principio básico de la vida. Recibía Jano, entre otras ofrendas, humildes tortas de harina. Según el parecer de algunos, andando el tiempo estas tortas paganas habrían mudado su sabor y dado lugar al tradicional y muy cristiano roscón de Reyes.
Como divinidad tutelar de todo tránsito (espacial y temporal), Jano guardaba las puertas celestiales y las terrenales y, cual un San Pedro pagano, portaba un llavero colgante en la mano izquierda, amén de un báculo en la derecha. Había nacido el dios con un atributo monstruoso que le permitía realizar cumplidamente su función de portero: dos caras para vigilar a la vez a ambos lados de la puerta. El legendario rey Numa construyó un templo en su honor en el Foro, provisto de dos puertas enfrentadas. Tenían estas puertas la peculiaridad de permanecer abiertas de par en par en tiempos de guerra y cerradas en tiempos pacíficos. De esta manera simbólica se requería al dios para que las legiones romanas hallaran expeditas todas las entradas y salidas durante la campaña bélica, en especial las de desfiladeros tan fatales como las célebres Horcas Caudinas. Mas no había de quedar tan magnífico numen en mero oficio de portero. Gracias al potencial simbólico de su naturaleza dual, Jano adquirió competencias extraordinarias. Se creía que una de sus caras miraba a Oriente y la otra, a Poniente, porque el dios abría las puertas del sol al alba y las cerraba con el lucero vespertino. Igualmente podía mirar los dos solsticios del ciclo solar, el de verano, cuando el sol principia el descenso, y el de invierno, cuando comienza el ascenso, lo que lo convertía en el gozne del universo y le confería la salvaguardia de la generación de la vida y la germinación de las simientes. Como dios civilizador de la Edad de Oro, a él debemos, entre otros bienes, la invención del lenguaje, la arquitectura, la navegación y las monedas. No en vano en tiempos de la República romana circularon ases con el busto de Jano Bifronte en el anverso y la proa de un navío en el reverso. Con el correr de los siglos el humanista italiano Andrea Alciato (1492-1550) vería en el dios el trasunto ideal de la prudencia, y a él consagraría su emblema “Prudentes” (XVIII), cuyo grabado muestra la cabeza de Jano flotando en el centro de un cielo nuboso sobre una ciudad con traza oriental. El epigrama explicativo desvela el simbolismo de un ser que, por asumir las enseñanzas del pasado, contempla con mayor sabiduría el futuro. La imagen de Jano también fue del gusto del pintor francés Nicolas Poussin (1594-1665), pues recurrió a ella para ilustrar el flanco izquierdo de su cuadro La danza de la vida humana (ca. 1638), donde se aprecia la cabeza del dios en un herma, mientras la Pobreza, el Trabajo, la Riqueza y el Placer danzan al son de la lira del Tiempo.

Así pues, al principiar el año la cabeza geminada del dios preside nuestros primeros empeños y nuestros primeros afanes. Como en el emblema de Alciato, su cara más insatisfecha contempla el largo trecho de los meses pretéritos y su cara esperanzadora se esfuerza en vislumbrar, entre las nubes iniciales, la prosperidad de los meses venideros.

(Jano Bifronte, escultura de G. Antonello Leone: www.antonelloleone.it/pietre erranti.htm)

martes, 23 de diciembre de 2008

A los amigos del otro lado


Alejandro, Ana, Ángel, Antón, Antonios varios (Azuaga, Cardiel, Rivero Taravillo, Sarabia), Corina, David, Delfín, Enriques (Baltanás, García-Máiquez), Fernando, Francisco, Ginés, Herman, Isabel, Jesús, José Manuel, José Luis, José Ramón, Juan Antonio (el profe), Juan Carlos, Juan Manuel, J.P.Q., Lauren, Magda, Mega, Mery, Miguel Ángel, Norberto, Olga, Orlando, Santiago, Tomás, Triana, Víctor y cuantos os mantenéis innominados detrás de vuestros blogs, GRACIAS POR LOS BUENOS MOMENTOS VIVIDOS EN VUESTRA CASA O EN LA MÍA EN 2008. ESPERO SEGUIR DISFRUTANDO DE VUESTRA DOCTA COMPAÑÍA EN 2009.
FELIZ NAVIDAD
("El nacimiento de Jesús", de Raúl Soldi)

domingo, 21 de diciembre de 2008

Un cuento de Norberto Luis Romero


Norberto Luis Romero me envía, como felicitación navideña, su microrrelato El linaje de W, que dejo aquí para vuestro disfrute:


EL LINAJE DE
W

Cuando la V se enteró de que estaba embarazada hubo grandes festejos en el abecedario. Posteriormente, una ecografía reveló que serían gemelos, lo cual generó un júbilo mayor entre las letras: únicamente la L y la R habían tenido esa fortuna.
Cuando la V dio a luz descubrieron aturdidos que los gemelos eran siameses: dos bellas V unidas por la cabeza.
Cirujanos reputadísimos aseguraron que no podían separarlas porque compartían tejido óseo y, fundamentalmente, cerebro. Dijeron que tendrían problemas para integrase, sobre todo de fonética.
Decidieron que lo mejor sería enviarlas a los Estados Unidos o a Inglaterra. En efecto, allí fueron muy útiles, felices, y se sintieron como en su propio alfabeto.


Norberto Luis Romero, nacido en Argentina, es director y profesor de cine y escritor. Es autor de numerosos cuentos, incluidos en revistas y periódicos de países como España, Canadá, Alemania o Francia, así como en varias antologías. Ha publicado, entre otros, los libros de cuentos Canción de cuna para una mosca doméstica (Premio Tiflos, 1987), Transgresiones (1988), El momento del unicornio (1996) y El hombre en el mirador (2008), y las novelas Signos de descomposiciónLa noche del Zepelín (1999), La isla de las sirenas (2002), Ceremonia de máscaras (2003) y Bajo el signo de Aries (2005).
Más información en su web: Norbertoluisromero.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Los miedos de la infancia: Una cosa mala


Una cosa mala. Juana, el Tuerto, el hijo de una hermana de Rosario que murió moro y otros niños que se fueron muriendo porque nacieron contrahechos. Fuera de la casa, en otros mundos lejanos cuyo reflejo incierto nos llegaba a través del televisor y la radio, la gente se moría de hambre, de frío, por apuñalamiento vil o de un tiro de escopeta sin más testigo que un tenebroso acebuche. También había muertes ajenas en los relatos vespertinos de las mujeres, o en las noticias de escalofrío de algún hombre que regresaba del trabajo. Pero dentro de la casa todas las muertes acontecían por culpa de una cosa mala. La muerte podía revestirse de mil maneras diferentes y adoptar los más variados colores, pero si nacía en las entrañas, si crecía desde dentro hacia afuera y se asomaba al mundo por el cristal de los ojos, por los poros de la piel, por las oquedades de la boca, la nariz o el ano, ¿de qué otra forma más sencilla y a la vez más inquietante podía llamarse sino cosa mala? Yo no sabía, de niño que era, que aquella cosa mala ya amontonaba cadáveres cinco siglos antes.
(El triunfo de la muerte, de Pieter Bruegel, El Viejo. Museo del Prado)

martes, 16 de diciembre de 2008

Las fiestas de las Saturnales: Navidades a la romana


Publiqué este artículo hace un año en La Voz de Cádiz (véase enlace en la columna de la izquierda). Dada la oportunidad de las fechas, lo recupero para esta entrada.

Las fiestas de las Saturnales: Navidades a la romana.

En torno al solsticio de invierno los romanos celebraban una de sus fiestas más gratas, las Saturnales, en honor de Saturno, divinidad agrícola protectora de sembrados y garante de cosechas. Prestigiaba la memoria de este dios (que andando el tiempo habría de identificarse con el Crono helénico y el púnico Baal) su papel como señor del universo en la mítica Edad de Oro, cuando dioses y hombres convivían en libertad y gozosa armonía en una naturaleza de infinita generosidad. Por tales y otros méritos en pro del bienestar se le erigió un templo en el Foro, al pie del Capitolio, que sería depositario (cual signo de la prosperidad del Estado) del Tesoro Público, bajo la atenta vigilancia de los cuestores. Allí la estatua imponente de este dios barbudo, que blandía una hoz en la mano, sufría un singular cautiverio, pues una cinta de lana, a modo de grillete, rodeaba el pedestal de la estatua para impedir que abandonase Roma y la privase de su buena sombra. Sólo al llegar las Saturnales quedaba libre de las ligaduras. Al decir del escritor Macrobio (ss. IV-V d. C.), esta liberación simbolizaba la irrupción hacia la luz de la vida humana después de diez meses de gestación (decembris era el décimo mes en el calendario de Rómulo y diez meses duraba el embarazo en cómputo inclusivo), período en que la simiente había permanecido sujeta por las suaves cadenas de la naturaleza. Simbolismo humano o agrícola, lo cierto es que el dios merecía moverse a sus anchas en los días a él consagrados.
Hasta la dictadura de Julio César, la fiesta se celebraba el 17 de diciembre, día en que los senadores y los caballeros romanos, aderezados con sus togas ceremoniales, ofrendaban al dios un gran sacrificio, seguido, como era costumbre, de un banquete público que culminaba con el grito de “Io Saturnalia”. Pero el gran estratega debió de considerar que una sola jornada era escasa honra, y prolongó las Saturnales hasta el día 19. Siguieron su ejemplo Augusto y Calígula, que añadieron sendos días, y Domiciano cerró la ampliación el día 23 de diciembre. Por tanto, a finales del s. I d. C. las Saturnales duraban una semana completa, consagrada especialmente al regocijo y la convivencia. Contribuía a ello la suspensión de numerosas actividades públicas: la escuela, el Senado y los tribunales de justicia interrumpían sus funciones; se liberaba a los prisioneros, que agradecidos depositaban las cadenas en el templo de Saturno; y hasta se aplazaba la ejecución de las penas capitales. Los romanos intercambiaban regalos y visitaban a amigos y familiares. Eran fiestas de excepcional permisividad, pues actitudes prohibidas o inusitadas durante el resto del año recibían licencia en las Saturnales. Dormitaba, por ejemplo, la ley, severísima, sobre los juegos de azar, y los romanos veían crecer o mermar su patrimonio en el juego de los dados, las tabas y la lotería. Pero nada más llamativo (y carnavalesco) que el protagonismo que adquirían los esclavos. Durante estas jornadas vestían las ropas de sus señores, que les servían en la mesa, mientras ellos despotricaban contra sus dueños sin temor a castigo alguno. Esta inversión de la jerarquía social ha quedado reflejada en la imagen que adorna el mes de diciembre en el calendario litúrgico (ca. 354) de Furio Dionisio Filocalo, donde se aprecian, como motivos evocadores, unos dados en la mesa y una inscripción marginal que reza: “Ahora, esclavo, se te permite jugar con tu señor”.
Terminaban las Saturnales, según lo dicho, el 23 de diciembre. Pero he aquí que en el año 274 el emperador Aureliano, preocupado por el sincretismo religioso, introdujo el culto siríaco del Sol Invicto, cuyo natalicio se celebraba el 25 de diciembre, cuando el sol, superado el solsticio, recobra su poderío de luz en los días. En él reconocieron casi todas las sectas a su suprema divinidad, especialmente los muchos seguidores de Mitra. La turba de dioses, propios y extraños, que había hallado acogida en Roma acabaría reduciéndose a este “Sol Señor del Imperio Romano”. Esta suerte de monoteísmo solar, cuyo culto había estado precedido por las fiestas en honor de Saturno, allanó el camino al Cristianismo no sólo para establecer (por oposición al paganismo) la fecha del natalicio de Jesucristo, sol de justicia, sino también para la celebración de unas fiestas prolongadas en las que, como los romanos de entonces, los cristianos de ahora se afanan en compartir la alegría, aumentar la hacienda y cumplir con los regalos, a la vez que se entregan con desenfreno a opíparas mesas.

(Imagen: L'hiver ou Les Saturnales, de Antoine-François Callet. M. Louvre)

domingo, 14 de diciembre de 2008

Evocaciones (8 ): Los andares de María


Todos los domingos, cercanas las cinco de la tarde, ya hiciera frío, calor o aullasen todos los vientos del infierno, las mujeres sacaban al pasillo varias sillas de tijera y una pequeña mesa plegable, y se sentaban a esperar visita. Poco después la cabeza dorada de María despuntaba en la cima de la escalera; asomaban luego su cara, de piel tersa y rosada a pesar de los años, y el resto de su figura enlutada: los pechos descolgados sobre la barriga prominente, las manos redondas aferradas al bolso de charol, las piernas arqueadas como gastada herradura. Y, por último, los pies menudos, hinchados cual panes. Cuando la abuela María caminaba por el pasillo, su cuerpo se escindía en dos fuerzas opuestas: de cintura para abajo avanzaba de frente, pero de cintura para arriba se desplazaba de izquierda a derecha y de derecha a izquierda con un bamboleo divertido. El aire acolchaba su paso para evitar que se cayese.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Finalista del Premio El Basar de Microrrelatos


Queridos amigos, me complace comunicaros que mi micro El autobús circular ha sido seleccionado como finalista del mes de noviembre en el Premio El Basar de Microrrelatos que organiza Montcada Radio. Según las bases ello implica dos cosas: que opta al premio final y que será incluido en el libro que los organizadores editarán en abril de 2009 con los textos seleccionados en esta convocatoria. En la web de Montcada Radio se ha colgado la noticia, el texto del micro y un enlace de audio que contiene una lectura dramatizada y la entrevista.

lunes, 8 de diciembre de 2008

El intruso


Papá no me echó cuenta cuando le dije que había un hombre en la terraza. Siguió escribiendo en su portátil nuevo como si tal cosa, como si todo en el mundo, por grave que fuese, le importara un rábano. Entonces me acerqué por el lado izquierdo y, con el brazo bien alto y el dedo índice bien derecho, apunté hacia el lugar exacto por donde acababa de pasar aquel hombre. Papá, hay un hombre en nuestra terraza. Nada. Seguía sin levantar la cabeza, sin decir palabra, ignorándome como si yo aún estuviese en el colegio y él aún no me hubiese recogido y aún no hubiésemos almorzado macarrones con tomate y con mucho queso los tres juntos, mamá, papá y yo.
La segunda vez que ocurrió, papá estaba durmiendo la siesta. Y ya sabes, cuando papá duerme la siesta no se le puede molestar por nada del mundo. Así que se lo dije a mamá, que estaba en el salón y permite que la molestemos aunque no demasiado. Pero tampoco mamá se inmutó. Siguió como si tal cosa, sacando sus flores secas de la pequeña prensa y colocándolas en las hojas plastificadas de su álbum, encima de unos cartelitos con nombres en latín que ella misma escribía en el portátil de papá cuando papá lo dejaba libre a la hora de la siesta.
Como mamá también me había fallado, sin pensarlo dos veces corrí a buscarte a tu habitación para contarte que había un hombre en la terraza. Pero entonces me detuve en mitad del pasillo, llamándome boba y estúpida, porque de repente caí en la cuenta de que yo era hija única.
La tercera que vi a ese hombre en la terraza no se lo dije a ninguno de los dos. Empezaba a acostumbrarme a su presencia, y hasta pensé en ponerle un nombre: Arturo, como mi compañero de pupitre. Así que me fui al colegio con papá, mientras mamá se quedaba en la ducha.
Ha pasado casi un año desde entonces y no he vuelto a verlo. Se esfumó. A ti te pusimos su nombre porque yo me empeñé (aunque sigo guardando el secreto). Pero, la verdad, no sé por qué te cuento todo esto, si sólo tienes dos meses.


Antonio Serrano Cueto

martes, 2 de diciembre de 2008

La pescadera


Escama que todos los puestos de la pescadería tengan su cola de clientes (fieles los unos, de paso los otros) menos uno. Más escama aún que en ese puesto despache una mujer de extraordinaria belleza, que entretiene la espera afilando los cuchillos con una sonrisa anchurosa. Resulta llamativo ver a los clientes que merodean por el mercado alejarse, dibujando una curva, cuando pasan por delante de su expositor de mármol. Acaso teman algún desvarío repentino y punzante, aunque es justo aclarar en su descargo que la pescadera es un dechado de amabilidad y simpatía y no cabe imaginar en ella ni una pizca de sadismo. Eso sí, cuando abre el congelador y se dejan ver las cabezas, en todo el mercado el aire se vuelve gélido e irrespirable.

Antonio Serrano Cueto

Publicado también en Minificciones.