lunes, 27 de junio de 2011

Prefiguración (o aparición virginal) en Lieja


Durante mi primera estancia en Lovaina, en el verano de 1997, tuve ocasión de visitar Lieja, ciudad francófona asentada en el valle del río Mosa. Tenía anotado en mi cuaderno el nombre de una cita, el Musée d'Art Religieux et d'Art Mosan, y en una tarde que todavía hoy recuerdo calurosa, entré en aquella casa fresca, confundida, si la memoria agostada no me falla, con las casas paredañas. En cambio, sí recuerdo perfectamente que, cuando se me apareció en las sombras la Vierge d'Evegnée-École, tallada en madera de roble allá por 1070, pensé que aquella imagen femenina y virginal era una prefiguración medieval de François Mitterrand, que había dejado de ser presidente de la República de Francia dos años antes. Han pasado catorce años y tenía en el olvido aquel encuentro. Pero he aquí que en una purga de papeles reciente he encontrado casualmente la postal que compré en la tienda del museo y he redescubierto que el parecido sigue siendo más que razonable. Entradas recientes de mi querido Juan Antonio González Romano sobre otras semejanzas humanas (y amigas) me anima a traer aquí ambas imágenes.

miércoles, 22 de junio de 2011

Lo que ya sabíamos de algunos premios literarios...

...puesto una vez más por escrito AQUÍ.

lunes, 20 de junio de 2011

Mutatis mutandis

Ya escribí en otra ocasión que aquel barbero sordo que me amenazaba en mi niñez con cortarme las orejas había dado paso, cuatro décadas después, a las peluqueras que hoy me lavan el pelo, me colocan dos piedras volcánicas en las manos y me masajean el cuero cabelludo hasta el sopor. Es el signo de los tiempos: de la rusticidad a la sofisticación, con lo que esta tiene tantas veces de cartón piedra. No es que yo cambie a mis jóvenes peluqueras de hoy (a las que dediqué un microrrelato en Fuera pijamas, titulado "Peluquería Las Vestales") por el anciano de ayer, de cabello blanco encrespado y mirada azul, pero a veces no me importaría vivir de nuevo aquella escena: el olor de la colonia de grifo, el suave clic-clic de las tijeras cortando el aire, gesto semejante al del guerrero que blande su espada como aviso inquietante, el programa de radio donde cantaban mujeres de voz picuda, la imagen de mi madre sentada en la silla bromeando con el barbero sordo. El tiempo no solo cambia los cuerpos y machaca el espíritu; también hace que los ojos, esos malditos embusteros, miren con otro mirar. Si hace cuarenta años hubiésemos visto a un hombre correr apresurado por la calle, hubiésemos pensado que a delincuente que corre, policía que lo persigue. Hoy vemos correr a alguien con premura por la calle y, al pasar a nuestro lado, observamos con curiosidad los detalles de su indumentaria: si lleva pinganillo con música en la oreja, si lleva pantalón deportivo de tal marca o tal otra; e incluso nos decimos a veces, con el falso paternalismo de esta época, si no es demasiado mayor para darse semejante paliza bajo el sol aún ardiente de la tarde. Y si hace cuarenta años hubiésemos visto a alguien tomarse tres vasos seguidos de tinto, a buen seguro que hubiésemos pensado que era un borracho tabernario. Hoy el amigo, el suegro, la esposa y hasta el yerno te llenan una y otra vez la copa de tinto (Rioja, Ribera del Duero, Somontano...) porque conocen tu morado paladar y el timbre de nobleza que imprime el descorche bien aprovechado. Son, pues, situaciones semejantes, mutatis mutandis, pero, ¡ay!, cómo hemos cambiado. La culpa, insisto, la tienen los ojos, que mudan su mirar a la vez que vamos mudando el pelaje.

(Le Cameleon, en el Barrio Latino de París. Fuente: Silenos)



miércoles, 15 de junio de 2011

Antonio Rivero Taravillo y el "proelium nocturnum"

Los poetas latinos elegíacos, que amaron a sus puellae en un ejercicio de adulterio consagrado por las Musas, encontraron cauces de expresión poética que los siglos han sancionado en Occidente. Una de esas formas de abordar el misterio del amor y el goce del sexo era recurrir a una metáfora bélica en virtud de la cual el amante-poeta se convertía en soldado y trasladaba al verso el léxico y las imágenes de la contienda guerrera. Esta suerte de "milicia de amor" (militia amoris es la expresión acuñada), en la que se alistaron Ovidio, Propercio, Tibulo y otros poetas, adquiría especial relevancia en el lecho, pues allí era donde el guerrero del amor había de cumplir con el valor-vigor que se le exigía. A fin de cuentas la metáfora no es más que la traslación a la arena amorosa de la imagen del héroe épico, valiente y esforzado en el campo de batalla. Mas no se piense por lo dicho que tales batallas se libraban (y cantaban) solo fuera del matrimonio, porque la escena de la desfloración de la novia en el Centón nupcial de Ausonio no es otra cosa que la susodicha batalla en la noche de bodas. Pasaje, por cierto, tenido por muchos comentaristas antiguos y modernos por la más descarnada descripción del coito de la literatura latina, hasta el punto de que la editora y traductora de Loeb Classical, G. Evelyn White, en un arrebato censor no tradujo al inglés el texto, dejándolo en latín para cabal comprensión de unos pocos. Viene este preámbulo al caso porque hoy he abierto un libro y me he encontrado con un poema, primero del poemario, que está rematado por un proelium o "combate" (nocturno o diurno, según plazca). Lo firma un poeta amigo, para más satisfacción, Antonio Rivero Taravillo, y pertenece a Lejos, salido poco ha de las prensas insulares de Siltolá. He aquí el poema completo, preludio excelente del conjunto:

............................SUEÑO
...
Más real que ese cuerpo que dormía a mi lado,
esta noche has venido a edificar mi sueño;
has creado el espacio, irrepetible y mágico,
donde el amarte no era ya ese imposible intento
...
con el que fui modelando otras noches acerbas,
otras velas de insomnio y de asfixia en las sábanas,
de nihilismo y pistolas, cuando el amarte no era
sino víbora suelta, mordedura hasta el alba.
...
En el sueño las leyes quedaban en suspenso,
en estado de sitio tu antigua indiferencia.
Triunfaba la guerrilla de tu cuerpo en mi cuerpo,
marchaba mi columna a derrocar tus piernas.
...
Después capitulábamos por el amor vencidos,
firmábamos tratados orales con las marcas
de mis dientes en ti, de mis labios mordidos.
Caíamos rendidos sobre banderas blancas.



viernes, 10 de junio de 2011

Vuelta a la poesía de Manuel J. Ruiz Torres

Saludo con admiración la vuelta de Manuel J. Ruiz Torres a la poesía. No es que hubiera renunciado a ella, sino que desde sus poemarios ya lejanos Cartas a Clara Schumann (1981) y Sonata/Adioses (1987) se había alejado del verso para dedicarse a la narrativa (Fara, El galeote, 1996; Atributos masculinos, 1998; Foto en la luna, 2003; La cuerda floja, 2004). Pero la poesía, como la natura, siempre reversura; sobre todo si magma se ha vuelto lo que antes era roca templada. Su nuevo libro, El inicio del mundo (Renacimiento, 2011), es un libro de suma poesía amorosa bajo el ropaje (acertadísimo) de una continua metáfora científica. En la primera parte ("Explosión del Universo"), el poeta-amante se enfrenta a la ruptura de la armonía reflexionando sobre la explosión del Universo que conlleva el amor ("Teoría del Big Band"), la búsqueda ilusoria de un principio repetido ("Rectificación del Génesis") o el extravío: "En medio de la incertidumbre, / ando, / errante" ("Camino de las ocas"). En la segunda ("Evolución de las especies"), asoma la recuperación, la aceptación de que la especie se reconoce en la supervivencia, en la mutación que imponen "los días anodinos" ya pasados ("Selección natural"). Si contundente fue la conciencia del desconocimiento del ser amado en la primera parte ("Cuando dos desconocidos se desconocen, / su espacio común se empequeñece..."), no lo es menos la certeza de que "los mejores abrazos consiguen mantener su paso / de baile / cuando los dos se apartan" ("Instrucciones genéticas"). Esta segunda parte se cierra con "Observación al microscopio", un poema espléndido, quizás el mejor de un poemario espléndido, con versos como estos:
...
En ti, me desboco y pacifico;

En ti, me esclaresco y aplebeyo.

...

Mi amor se sustancia en sus lindes,
el centro umbilical donde los afanes reposan,
cicatriz de vida que engalana el trecho que baja al regocijo.
[...]
---
La tercera parte, "Cántico", evocación conceptual del poema de San Juan de la Cruz, se compone de diecisiete piezas breves, a la manera de haikus sin llegar a serlo. Es una sección más luminosa, menos científica y a la vez biológica, pues la vida aflora con aves, peces, vegetales y agua que son trasunto del curso inmutable de la naturaleza, de la conversión del amante doliente en amante (no deja de serlo en todo el poemario) esperanzado que vislumbra otros horizontes. El poema XVII, que culmina esta parte dando sentido al libro entero, se alza como cima de luz y bonanza del espíritu:

...
Más allá de los dominios del estero,

el agua sigue sus propios cauces,

natural es su fluir hacia la inmensidad que le espera.

Desde aquí veo, amiga mía, que en esta tierra

también hay pájaros.

Veo el perfil de una ciudad nueva.
...
Donde vamos también hay pájaros.
...
...
Hace tiempo que no leía versos tan dignos de memoria ("se hablará de este libro, Manolo, le dije el día de la presentación") y nunca un sello editorial acogió con tanto acierto dos renacimientos maridados: al amor y a la poesía.

domingo, 5 de junio de 2011

Un gozo interrumpido

Terminaré en breve las andanzas del negro Ti Noel, de pies juanetudos y escamados por la edad. Compré El reino de este mundo hace tiempo en un mercadillo de libros y, como siempre que uno compra algo que cree valioso, la edición de Alfaguara me pareció una ganga. Hoy, cuando me acerco al final de la novela, he descubierto que la edición tiene un defecto: al último capítulo le falta una veintena de páginas. He pensado, de pronto, en una mutilación que me había pasado desapercibida, pero no, se trata de un defecto de fábrica, porque en el cuadernillo no se aprecian indicios de violencia. Debo reconocer que por un instante me he sentido desolado. Me había propuesto terminarlo esta tarde, retomar Ermitaño en París de Italo Calvino (no puedo negar que siento especial devoción por este autor, al que algún día rendiré un merecido homenaje) y empezar con las Cartas y poesías mediterráneas de Lord Byron tan bellamente editadas por KRK. Podré hacer el resto, pero el fin de Ti Noel se demorará al menos hasta mañana, una vez que saque de la biblioteca un ejemplar para completar la lectura. Y es un fastidio, porque la prosa de Alejo Carpentier es cautivadora, un dechado de estética, un conjuro poderoso de léxico que embriaga los sentidos, y no se merece (ni yo, mucho menos hoy, que es mi aniversario) un ínterin por mor de un despiste en las prensas. Al menos me queda el regusto, el recuerdo inevitable de otra lectura, la de Bomarzo. Porque, sin llegar al barroquismo ajardinado de Mújica Láinez, también en Carpentier se alza, abrumador, el edificio ornado del lenguaje. Sé que muchos lectores no buscan tales mimbres en la lectura, y gustos hay para justificar todas las opciones. Sin embargo, yo no puedo concebir la literatura desprovista del ropaje literario. Para construir una frase con sujeto, verbo y complemento directo basta con haber ido a la escuela; pero hay que ser de muy otra naturaleza para trenzar esto: Después de haber reinstalado en su habitación, por un cierto tiempo, a Marinette la lavandera, Monsier Lenormand de Mezy, alcahueteado por el párroco de Limonade, se había vuelto a casar con una viuda rica, coja y devota. Por ello, cuando soplaron los primeros nortes de aquel diciembre, los domésticos de la casa, dirigidos por el bastón del ama, comenzaron a disponer santones provenzales en torno a una gruta de estraza, aún oliente a cola tibia, destinada a iluminarse, en Navidad, bajo el alar de un soportal. Entiéndase ahora, que, con tal gozo interrumpido, ande escribiendo esta queja para alivio propio. Y lamento que esta suerte de cautiverio estético me impida a menudo disfrutar de la traducciones, lo cual no deja de ser una merma mía y no un demérito de los traductores.

(Cubierta de la edición de Letras Cubanas de 1987)


viernes, 3 de junio de 2011

Un microrrelato de vértigo


VENGANZA MICÉNICA

Clitemnestra viola las leyes de la física con esa ridícula postura aérea: la cabeza, cubierta por el revuelo del ligerísimo camisón, apunta a la calle; las piernas, implorantes, se dirigen al cielo. Justo antes de la caída —diez pisos de vertical espanto— ofrece una pierna a su hija Electra y la otra, a su hijo Orestes, con la esperanza de que la sujeten. Electra abre un ojo, valora la situación y vuelve a dormirse. Orestes abre un ojo y, vista la valoración de su hermana Electra, vuelve a dormirse. Entonces Clitemnestra, sintiendo irremediable la gravedad de la pesadilla, lamenta no haber dedicado más tiempo a los niños.

(Tripas de la Torre Eiffel. Fuente: Silenos)

miércoles, 1 de junio de 2011

Próxima publicación en Paréntesis

Me complace informaros, queridos amigos, de que la editorial Paréntesis va a publicar en otoño un libro mío de relatos, que lleva por título (salvo cambio de última hora) Zona de incertidumbre.