martes, 30 de julio de 2013

Los lugares de entonces

Volver a los lugares de entonces, donde al menos una vez nos sentimos guarecidos del pedrisco. Intuir, como entonces, que el mundo se rige por la amable armonía de notas invisibles, palpitantes en algún lugar del firmamento. Entrever de nuevo la vida que entonces se abría al otro lado del umbral, al abrigo de la inocencia. Y cifrar la dicha en no esperar lo inesperado, en una complacencia desnuda con lo todo circundante.  

viernes, 26 de julio de 2013

La madre de todos los horrores

A esa incertidumbre, madre de todos los horrores, me refería en mi entrada anterior: toma uno un tren cualquiera, camino de un descanso, de una reunión de trabajo o de vuelta de un viaje, sin saber que en un kilómetro maldito alguien o algo ha torcido, cuando no segado, el curso de tu vida. El verano, por alguna extraña razón que se me escapa, siempre ha sido estación de desastres colectivos. Acaso las altas temperaturas deterioran algún pistón del colosal engranaje y este falla donde menos lo esperamos. Simples mortales, estamos condenados a morir. Nos sobreviven una mesa barata, un pedazo de asfalto, la balaustrada hortera de un parque provinciano... Nos sobrevivirán, en estos tiempos de exposición y subasta, nuestras páginas en las redes sociales. Yo me iré, y seguirán estos silenos bailando por un tiempo. Es certidumbre que no hace sino aumentar el desasosiego de la incertidumbre mencionada. Nunca me dijeron que vivir suponía esquivar un tren desbocado, un coche enloquecido, un rayo vengador, una enfermedad parásita, una bala perdida, la cornisa podrida de tu propio edificio...

jueves, 18 de julio de 2013

Nueva percepción de las cosas

He cambiado la percepción de muchas cosas. Ya no pido cuentas a la vida; me limito a verla venir como se ve venir la ola en el mar, o la onda de viento que encrespa los trigales. Tal vez esa sea la mejor opción: esperar (como quien aguarda, no como quien tiene esperanza) ese flujo repetido y gozar de él sin pretensiones. Los ojos siempre han sido grandes embusteros, pero yo no lo sabía (o no quería saber que lo sabía). Me lo advirtieron los ancianos, los mismos que ahora se ríen de mi ingenuidad. Mediado ya julio, hago planes para la próxima hora, acaso para el próximo día, pero nada más. Al otro lado sólo hay incertidumbre. Bien que me lo advirtieron.

sábado, 13 de julio de 2013

En la plaza de Chueca

"Tragedia y Comedia", de Angelica Kauffmann
En la plaza de Chueca, sentado en una terraza, un hombre de voz campanuda y gafas de capo repite, como un ritornelo, la misma advertencia:
- ¡Bastante drama tenemos, Mercedes!
Yo procuro seguir en lo mío, leyendo el libro de Zúñiga que acabo de comprar en Las tres rosas amarillas (por cierto, me dice José Luis que hay brotes verdes en el mercado del libro), pero el hombre, cuya voz percute en la mañana sin pájaros, insiste:
- ¡Bastante drama tenemos, Mercedes!
Y sí, acabo levantándome de la mesa y dándole la razón, y me alejo pensando en que siempre hay una Mercedes detrás de todo drama.

domingo, 7 de julio de 2013

La roca dura, la vida insolente


A mi hermano José Manuel

A menudo me acuerdo de la roca dura del destino que Hölderlin plantó justo en la dirección de los sueños. Ondas del mar rotas. Espuma. En estos días, más. Ya no soporto el viento cabrón de esta ciudad. El levante fuerte que nos azota desde hace dos semanas es aliado de esa roca: deshace los sueños y los propósitos, los pulveriza, los esparce por los áticos y azoteas, barre con ellos las calles sucias. Todas las mañanas, al amanecer, un grupo de gaviotas chilla y discute frente a mi dormitorio. Sople o no levante. ¿Quién las envía? ¿Con qué fin? ¿Qué demiurgo se ha empeñado en violentarnos la vida, en arrebatarnos el poco sosiego que nos queda? Cuesta leer, cuesta escribir, la música (suena "La valse à mille temps" de Jacques Brel) aspira al silencio... Aún así he terminado un relato de Olgoso ("Dybbuk") que muestra la perplejidad del autor ante el desdoblamiento sufrido en una lectura pública. Haber estado allí, soberbio en el acto, sin haber estado. Cuánto me gustaría que la roca de Hölderlin me permitiera estos caprichos duales de vez en cuando: estar en la ausencia, saber en la ignorancia, sentir en la indolencia más absoluta. Cuánto me gustaría que este maldito levante desapareciera y se llevara, al fin, los flecos podridos de lo que fue un sueño amable, la promesa de un gozo humilde.