sábado, 24 de agosto de 2013

Agosto carece de aromas, carece de música

Se acerca agosto al final y, aunque el otoño no asome en el calendario hasta el equinoccio de septiembre, allá por el día 22, el final de este mes siempre ha tenido aires de viento barredor. Con él desaparecen forzadas metáforas del paraíso, construidas sobre la arena ardiente y el mar apaciguado, asentadas sobre tardes promisorias que se expanden más allá del adiós crepuscular. Agosto es un mes sin aromas, un espacio que, por inodoro, deja escasa huella en la memoria sentimental. Si no, decidme, ¿a qué huele agosto? Las fragancias que preludian el verano ya se fueron y aún no han llegado las que traen prendida la luz menguante del otoño. ¿Por qué no huele a nada agosto? Con el olor engranan el pasado y el presente, como engranan ayer y hoy con la música. Pero tampoco tiene agosto música memorable (aunque tenga mil músicas de efímero regocijo). Me esfuerzo en encontrar una fragancia, por débil que sea, una música, por fugaz que sea, que me lleve de la mano a los agostos infinitos de la infancia, o a aquellos agostos flamígeros de la adolescencia. Vano afanes míos. Por muy principesco, imperial y augústeo que sea agosto, sin olor y sin música no existe. Es sólo un paso forzado hacia septiembre.

viernes, 16 de agosto de 2013

Mi Cuba en La nave de los locos

Con mi mujer (a la izquierda) y mi hermana Lola
Hoy en La nave de los locos aparece una crónica mía de un viaje a Cuba ya lejano. Cuesta reconocerse en una vieja fotografía. Cuesta tomar conciencia del vertiginoso ritmo que adquiere (¿cuándo? ¿qué hacíamos entonces?) la vida. Fue en el verano de 1996.

viernes, 9 de agosto de 2013

Más desde Cabo de Palos

Escribí este poema hace cuatro años, y fue incluido en el libro No quieras ver el páramo (Sevilla, Isla de Siltolá, 2010). Lo dejo aquí como continuación de la entrada anterior. El Mediterráneo, amigo lector, es el mar de la memoria:


SOL PONIENTE EN CABO DE PALOS

..........................................A María y Fernando
Un prodigio de luz y oculta sombra
era el mar retenido en la ventana.
Trazaba el discurrir de los veleros
albeantes veredas
al sur del horizonte.
..................................Mansedumbre
en el aire dulcísono mecido
por paños verticales, tremolar
de lejanos relumbres en los mástiles
cimbreantes.
.....................Evoco
ahora en la distancia el centelleo
de millones de peces, rumoroso
tul henchido, almadraba feliz donde
las voces infantiles se enredaban.
Jugaba el sol cambiando de lugar
las sombras que dejaban olvidadas
los niños al moverse por la arena,
o al zambullirse alados
desde el riscal verdoso de las rocas.
. 
Es el mar apresado en la ventana
un verdegal de plata en mi memoria.

jueves, 8 de agosto de 2013

Racimo dorado y escritura despaciosa

Hoy también ha amanecido, que no es poco. Aquí, frente al mar de Cabo de Palos, el sol asoma pronto por el horizonte, traza un arco de izquierda a derecha, penetra por los orificios de la persiana y estalla, como racimo dorado, en el interior de mi dormitorio. Suele ser en torno a las 8:00. A esa hora el mar espejea tímidamente, pero su rumor, alimentado durante toda la noche, intimida, se cuela en la cocina mientras preparo el desayuno, ahoga las voces remotas de la radio. Escribir aquí no es difícil, si para escribir se precisa la connivencia de la naturaleza, porque el ritmo de la escritura se acompasa al bramido de las olas. Así van creciendo los dos libros que tengo entre manos, el de París revisitado en la distancia (ya hace un año que anduve un trimestre por aquella ciudad inagotable), y el poemario que inicié desde la cumbre del monte Ventoux, cual un Petrarca maravillado por la visión de lo todo circundante. Espero tener ambos concluidos con la caída de las primeras hojas otoñales. Escribir es un "pasar lentamente" hasta creer haber llegado, y demorarse cuanto sea necesario en el camino. Las prisas, querido amigo, dejan una huella de infamia en el papel.                 

domingo, 4 de agosto de 2013

Amanece, y no es poco

Para mi hermano José Manuel, 
que tanto sabe de cine

Amanece, que no es poco. Quién no recuerda esa disparatada película de José Luis Cuerda, esa historia delirante donde nada es lo que parece. Los habitantes del pueblo crecen como coles en los huertos y, amantes de Faulkner, discuten en todos los foros como si estuviesen en la Academia Platónica; las mujeres se reúnen en sesiones semanales para denigrar al varón de turno; el maestro saluda a los niños al llegar a clase con epítetos homéricos; el borracho se desdobla burlón por las calles empinadas; el negro (hijo de mujer blanca) busca cada noche en las alturas "hacer bonita estampa" bucólica; el suicida sobrevive a cada atropello de camión... A este pueblo (fue rodada en Molinicos, Aýna y Liétor, en Sierra de Segura) llegan, para colmo del disparate, Teodoro, un engolado profesor universitario de Oklahoma en año sabático, y su padre Jimmy (un espléndido Luis Ciges). Estos personajes, que actúan como "testigos" de tan surrealista comunidad, comparten la primera noche cama en un hostal del pueblo y ahí se genera la frase más memorable del film (y una de las más memorables del cine español): "Tú me respetarás, ¿verdad, hijo?". Habré visto esa película unas cinco veces, y todavía la recuerdo con una sonrisa. Pero lo que más recuerdo desde que entré en la edad de las incertidumbres (como un ritornelo admonitorio) es la lección que ya asoma en el título: ver amanecer cada día es más que suficiente. Lo demás, si viene, vendrá por añadidura. En este verano atípico, y ahora que al fin miro de frente el Mediterráneo, pienso en el pastor Ngé, pelliza abierta bajo las estrellas, antes de que la Guardia Civil suba cada noche al monte a recogerlo, y envidio esa vida de gozosa simpleza. Y pienso en Carmelo, el borracho al que la Benemérita devuelve a la taberna, y me gustaría ser como él, volátil, socarrón, ubicuo. Pero como nunca seré lugareño de ese extraño pueblo, me conformo con los relumbres temblorosos del mar y su rumor cambiante y denso. Su latido perpetuo.