martes, 27 de octubre de 2015

Juan Valencia: la glacial belleza de la Nada

Entre los poetas que no había leído está el jerezano Juan Valencia (1928-1990). Trae mi mujer a casa, como ajuar del congreso recién celebrado en la Fundación Caballero Bonald, el nº 3 del otoño de 2003 de la revista Campo de Agramante, que dedica una sección a recuperar a tres poetas olvidados: Pedro Pérez-Clotet, Juan Ruiz Peña y el citado Valencia. Leo con interés los apuntes biográficos, los documentos y la selección de poemas. Frente a las fotografías de los otros dos, imágenes ortodoxas de aquella España, la de Juan Valencia muestra a un hombre ojeroso, de mirada dolorida y labios ya incapaces. La tristeza de un rostro que se anticipa a los versos. De la selección me quedo con este poema de acabamiento, esta elegía de sí mismo, y me propongo buscar esas Elegías terrestres que publicó en Adonais en 1973.
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Voces...
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Voces dicen que has muerto,
que te has desvanecido en la niebla,
que ya eres solamente
una pregunta en las estrellas.
Voces dicen que ya te has ido
donde no caben lágrimas ni pena,
que te has ido a ese vago
país del que no se regresa.
Los días y las noches
que viviste desolado en la Tierra,
no forman parte ya de tu memoria,
instalado en la Nada, en su glacial belleza.
Nadie de ti volverá a saber,
ni aun el espino que en la primavera
te ofrecía su flor blanca,
a orillas de la agreste senda.
Porque te has ido
definitivamente a esa
región de los muertos,
cansado de tu vieja e inerme tristeza.
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Texto extraído de Campo de Agramante 3, otoño 2003, p. 80.

viernes, 16 de octubre de 2015

Juan Eduardo Cirlot en la Fundación Ory: el paso de Antonio Rivero Taravillo

Javier Vela y Antonio Rivero Taravullo
La Fundación Carlos Edmundo de Ory, cuyas actividades organiza con suma eficiencia el poeta y narrador Javier Vela, inicia el curso con una estupenda propuesta. Tres días (14, 15 y 16 de octubre) de actos para recordar a un poeta singular: La amistad celeste. V Jornadas de la Fundación Carlos Edmundo de Ory, en torno a Juan Eduardo Cirlot. Con este programa, que coordina la profesora universitaria y poeta Ana Sofía Pérez-Bustamante, la Fundación Ory se adelanta varios meses al centenario del nacimiento del poeta, que se cumple en 2016. Ayer tarde asistimos a la conferencia "Ser y no ser. Apuntes para una biografía imposible", impartida por Antonio Rivero Taravillo. El reto de construir la biografía de un poeta que vivió en un oxímoron constante, ser no siendo y, en consecuencia, estar no estando. Sobre esta premisa, Rivero Taravillo repasó algunos aspectos de la vida y obra de este escritor y crítico de arte difícilmente clasificable, un poeta ausente para dar presencia a su poesía, en palabras certeras de José Corredor-Matheos, también participante en las jornadas. Porque a Corredor-Matheos le tocaría hablar después, junto con el filósofo Ignacio Gómez de Liaño, del contexto social y cultural de Cirlot. Y ahí, al filo de las nueve de la noche, en animada charla con el público, concluyó la segunda jornada. Hoy prosiguen los actos con un taller matutino de poesía impartido por Pérez-Bustamante, una mesa redonda ("El legado de Juan Eduardo Cirlot") en la que estarán las hijas de Cirlot, Lourdes y Victoria, y un concierto de piano que ejecutará Diego Gómez sobre la Suite atonal escrita por el propio Cirlot. Más información, en el programa.

viernes, 2 de octubre de 2015

"Romancear en el siglo XXI"

En 2013 publiqué este breve artículo en Quimera (61). Lo traigo hoy aquí porque la labor del traductor no cesa (para lo bueno y para lo malo).
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Romancear en el siglo XXI.....
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Llegado a la ciudad de Barcelona, don Quijote entra por primera vez en una imprenta y, admirado del hallazgo, demanda información a cajistas y tipógrafos sobre los secretos del oficio. Surge entonces una conversación entre el hidalgo y un traductor de la lengua toscana al castellano que se encuentra en el taller supervisando la composición de su libro. Aun cuando alaba su habilidad, don Quijote expresa sus dudas de que haya ingenio o elocuencia en traducir de “lenguas fáciles”, virtudes que, por el contrario, estima indiscutibles en la traducción de las lenguas clásicas: Pero, con todo esto, me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen, y no se veen con la lisura y tez de la haz (Don Quijote II 62).
.....El testimonio de Cervantes ilustra la situación del latín en los albores del siglo XVII: de una parte, el castellano ha consolidado ya su estatus como lengua de cultura, frente a un latín que va perdiendo el protagonismo de las centurias precedentes; de otra, la traducción de las “reinas de las lenguas” goza todavía de buena consideración. Y es que junto con la imitación, “romancear” (esto es poner en castellano obras en otras lenguas, en especial la latina) se tenía por uno de los principales procedimientos para la difusión de la cultura clásica; y dominar las lenguas de esa cultura era señal inequívoca de elegancia y elocuencia.
.....El corpus de textos latinos de los siglos XV-XVI es ingente y, pese al trabajo realizado en las dos últimas décadas en las universidades españolas, todavía queda mucho por “romancear”. El traductor de esta literatura neolatina proporciona al lector moderno, tan ayuno de latines, acceso a fuentes literarias e históricas en muchos casos desconocidas, a la vez que ofrece al hispanista y al historiador testimonios de primera mano que enriquecerán su investigación. A las dificultades generales de la traducción estas obras añaden al menos otras dos: a) el latín ya no representa a una comunidad de hablantes, por lo que su conocimiento por los autores es meramente académico (aprendido mediante programas educativos muy exigentes); b) muchos de estos textos no han sido traducidos antes a ninguna otra lengua. Traducir a Shakespeare hoy, pongamos por caso, supone en buena medida una revisión y mejora de las traducciones anteriores, cuyas labores de desbroce y lima son aprovechables. Sin embargo, en la primera traducción no hay más asideros que la lengua originaria, ni más apoyaturas que los conocimientos y el sentido común del traductor. Ante un pasaje de difícil comprensión, estará solo. Y digo “conocimientos”, en plural, porque a menudo se piensa que es suficiente dominar las lenguas de partida y de llegada. Podrá serlo desde una concepción pragmática del lenguaje, pero nunca en el caso de traducciones literarias. El entorno cultural, social e histórico del autor que se traduce es casi tan importante como la obra. ¿Cómo elegir la palabra, expresión o giro adecuados al traducir una obra de Erasmo si no conocemos su protagonismo en la crisis espiritual que azotó Europa en el siglo XVI? ¿Cómo acertar con el término preciso y atinar con el sentido certero en un poema épico sobre las gestas de Carlos V si desconocemos la historia y vicisitudes de su reinado? Por otra parte, el buen traductor ha de manejarse con solvencia en la lengua de destino, y aquí es donde a menudo se observan carencias. Porque no basta con aprehender la idea y el “color” de un pasaje; es menester transformarlo ─respetando en lo posible el siempre complejo maridaje entre fondo y forma─ en su justa equivalencia, pero con la mira puesta en que el resultado respire por sí mismo. En esa autonomía del texto nuevo, romanceado, reside en buena medida el éxito de la traducción